Me certifiqué de Open Water a comienzos de 2019, en un embalse a dos horas de Bogotá, en agua verde de cuatro metros de visibilidad, con un instructor que me repetía “respira, Marcela, respira” mientras yo me aferraba al cabo como si fuera la vida entera. Salí de ahí con el papel y con la sospecha de que el buceo no era para mí.
El carné se quedó ocho meses en la billetera, como quien guarda un tiquete de lotería sin cobrar. Hasta que en octubre de ese mismo año aterricé en San Andrés.
El primer descenso
Lo que nadie me había explicado es que el agua del Caribe no se ve: se atraviesa. Cuando me dejé caer de espaldas en La Piscinita, lo primero que hice fue mirar hacia abajo y calcular mal la profundidad. Creí que el arrecife estaba a dos metros. Estaba a nueve. Con treinta metros de visibilidad el cerebro no tiene con qué medir, y uno se queda flotando arriba como un globo, sin entender por qué el fondo no llega.
Ese primer día no vi nada extraordinario según el catálogo: sargentos, cirujanos, erizos metidos en las grietas, un cangrejo defendiendo su cueva de mi dedo índice. Y sin embargo me solté el regulador dos veces por reírme.
Lo que sí me sorprendió fue el ruido. Nadie me advirtió del ruido. El pez loro mordiendo el coral suena a alguien partiendo galletas al lado de tu oreja. Uno se imagina el mar en silencio y el mar es una obra en construcción.
La pared
El tercer día nos llevaron a Blue Wall. Es una pared que empieza cerca de la superficie y se va, sencillamente. Cae más allá de donde la vista alcanza: el azul deja de ser azul y se vuelve una cosa morada sin fondo.
Me acuerdo del momento exacto en que la crucé. El arrecife se acaba, uno pasa el borde y de repente no hay nada debajo. Nada. Sentí el estómago igual que en un ascensor que baja rápido. Mi instructor me hizo la señal de “¿estás bien?” y yo le respondí que sí con la mano temblando, que es una respuesta honesta y contradictoria al mismo tiempo.
Nos quedamos a dieciocho metros, pegados a la pared, viendo gorgonias del tamaño de una puerta y esponjas de barril donde cabría un perro. Pasó una tortuga carey sin apurarse, como quien cruza su propia sala. Duré cuarenta y dos minutos abajo y sentí que fueron seis.
Salí llorando dentro de la máscara. No es una metáfora: se me empañó de lágrimas y tuve que vaciarla dos veces.
Lo que no tuve en cuenta
Voy a ser honesta, porque las historias bonitas ya las cuentan las agencias.
Me confié con la temperatura. El agua estaba a 28 grados y yo pensé “esto es una piscina”. Bajé en licra el primer día y salí bien. El segundo día hice tres inmersiones seguidas y terminé temblando en el bote, con piel de gallina bajo un sol de mediodía. El frío en el buceo no lo pone el agua: lo ponen las horas. La próxima llevo un shorty de 3 mm, aunque parezca exagerado.
Me quemé el cuello y la parte de atrás de las rodillas. Uno se pone bloqueador en la cara y se olvida de que va a pasar cuatro horas flotando boca abajo. Y hay algo que yo no sabía: San Andrés está dentro de la Reserva de Biósfera Seaflower, y el bloqueador común le hace daño al coral. Ahora solo compro los que dicen reef safe y me cubro con licra en vez de embadurnarme.
Gasté el aire demasiado rápido. En la primera inmersión no paré de mover las manos. Los buzos con experiencia bajan con los brazos cruzados y no es pose: es economía. Salí con 50 bares cuando mi compañero tenía 110.
Y el error más caro: casi compro el vuelo de regreso para la mañana siguiente a mi último buceo. Alguien en el centro de buceo me frenó a tiempo. Hay que esperar entre 18 y 24 horas antes de volar. Me habría metido en un problema serio por no leer una línea.
La próxima vez
Voy a llevar mi propia máscara, porque la prestada se me empañó las tres primeras inmersiones y perdí medio buceo limpiándola. Voy a llevar bitácora desde el primer día: la mía la empecé el cuarto y ya se me habían olvidado nombres, profundidades, con quién iba. Voy a dejar la cámara en tierra el primer día, porque uno no puede aprender a flotar y a encuadrar al mismo tiempo. Y voy a reservar más días de los que creo necesitar, porque el mar decide, no uno.
De San Andrés me traje dos cosas: una foto borrosa de una tortuga y la certeza de que ya no puedo vivir lejos del agua. De eso hace varios años y todavía no se me ha pasado.
— Marcela Pava
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