Gorgona: mi primera inmersión en el Pacífico después de aprender en el Caribe

Gorgona: mi primera inmersión en el Pacífico después de aprender en el Caribe

Yo aprendí a bucear en el Caribe, en agua tan clara que uno ve el fondo desde el bote. Lo digo de entrada porque explica casi todos los errores que cometí en Gorgona.

El barco

Salimos de Buenaventura al caer la tarde de un jueves de septiembre de 2024. Ahí empezó todo, aunque yo todavía no lo supiera.

Al Caribe uno llega en avión: desayuna en Bogotá y almuerza frente a un agua turquesa. Al Pacífico hay que ganárselo. El puerto olía a diésel, a pescado y a lluvia que todavía no caía. Cargamos los equipos a mano, en fila, pasándonos los tanques como quien pasa ladrillos. Zarpamos con la luz caéndose y en media hora la costa ya era una línea gris.

Fueron doce horas de navegación. El mar del Pacífico no se parece al del Caribe ni siquiera en la superficie: es un oleaje largo y pesado que levanta el barco entero y lo suelta. Dormí a ratos, sentado, con el chaleco de almohada y el motor sonando debajo de las costillas. Como a las tres de la mañana salí a cubierta a que me diera el aire y no había nada. Ni una luz, ni una boya, ni una orilla. Solo el barco y una oscuridad completa.

Fue ahí, y no bajo el agua, donde entendí que este viaje iba a ser otra cosa.

Gorgona apareció con el amanecer, de golpe. Una montaña verde metida en el mar, con nubes enredadas en la cima y el ruido de los pájaros llegando antes que la playa. Es una isla que fue cárcel. Todavía están las ruinas y la selva se las está comiendo despacio. Uno camina entre paredes de celdas con raíces adentro y entiende por qué la gente que trabaja ahí baja la voz.

La primera inmersión

Bajé esperando el Caribe y encontré otra cosa.

El agua estaba verde. Espesa, cargada, con partículas atravesando el haz de la linterna como nieve. La visibilidad no pasaba de diez o doce metros. Me acuerdo de haber pensado, con una decepción que hoy me da vergüenza: “esto no se ve”.

Diez minutos después entendí. Toda esa suciedad flotando es plancton, y el plancton es la razón por la que Gorgona tiene lo que tiene. Llegamos a un bajo de roca y ahí estaban: seis tiburones punta blanca acostados en la arena, quietos, respirando, como perros dormidos en una sala. No huyeron. Nos miraron con esa indiferencia total de quien está en su casa.

Más arriba, una pared de jureles girando en espiral que tapaba la luz. En el Caribe uno cuenta los peces. En Gorgona uno deja de contar.

El canto

Era septiembre, plena temporada de ballenas. No vi ninguna debajo del agua. Casi nadie las ve.

Pero a los quince metros, cerca del final de la inmersión, empezó un sonido. No viene de un lado: viene de todos. Es un quejido largo, grave, que uno siente en el esternón antes de identificarlo con el oído. Mi compañero y yo nos quedamos quietos, mirándonos, sin señalar nada porque no había nada que señalar.

Duró tal vez cuarenta segundos. Es lo mejor que me ha pasado bajo el agua y no tengo una sola foto.

Lo que no tuve en cuenta

El traje. Ese fue el error grande. Llevé un 3 mm porque “el Pacífico colombiano es tropical”. A los dieciocho metros crucé una termoclina y el agua pasó de 27 grados a algo cercano a 21 de un metro al otro. Salí tiritando, y la segunda inmersión del día la hice con frío acumulado, que es la forma más rápida de dejar de disfrutar. La próxima voy con 5 mm y capucha: uno pierde por la cabeza mucho más calor del que cree.

La corriente. En el Caribe yo nadaba a donde quería. Acá hay que leer el sitio, entrar por donde toca y dejarse llevar. Y no llevé boya de superficie. En un lugar donde la corriente te puede sacar y la visibilidad en superficie es la que es, subir sin boya es una tontería que no pienso repetir.

La cabeza. Gorgona no tiene cámara hiperbárica. La más cercana queda a horas de distancia, y esas horas son de navegación. Eso cambia por completo cómo se planea el buceo: perfiles conservadores, paradas de seguridad largas, nada de apurar la última inmersión. Nadie me lo dijo antes de viajar; lo entendí allá y me bajó la ansiedad de golpe.

El viaje mismo. Subí al barco sin pastillas para el mareo y sin una muda seca a la mano, con todo enterrado en el fondo del morral. Doce horas de oleaje largo dan para arrepentirse mucho. Tampoco llevé bolsa seca, y la humedad de la isla se metió en todo: la cámara amaneció con el lente empañado por dentro dos días seguidos. No llevé botas de caucho y las caminatas por la selva se hacen en barro. No llevé suficiente efectivo, y ahí no hay cajero.

Y el cansancio. Lo subestimé por completo. Llegar sin dormir, tres inmersiones diarias y una caminata en 90% de humedad es muchísimo más de lo que parece en el papel.

La próxima vez

Voy a llegar un día antes a Buenaventura y a dormir bien antes de embarcarme, porque bucear después de una noche en cubierta no es la mejor idea que he tenido. Voy a hacer una inmersión de ajuste el primer día, sin ambición, solo para calibrar lastre y frío. Voy a llevar boya y silbato. Voy a reservar con meses de anticipación, porque el parque tiene cupo limitado y no se puede improvisar. Y voy a volver entre julio y noviembre, aunque el agua esté más fría, porque prefiero temblar y escuchar ballenas.

Gorgona me quitó la idea de que bucear es ver bonito. Ahí abajo uno no va a mirar: va a estar. Es otra cosa y no se me ha pasado.

— Juan Gomez

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